

Regalar flores es una de las conductas humanas más antiguas y más universales que existen. Aparece en prácticamente todas las culturas, en todos los continentes, sin contacto entre ellas. Y su historia es más larga de lo que uno imagina.
En la cueva de Shanidar, en Irak, se excavó en los años 60 un enterramiento neandertal donde el análisis de polen sugirió que el cuerpo había sido depositado sobre un lecho de flores. El hallazgo fue muy discutido (hay hipótesis de que el polen lo llevaron roedores), pero excavaciones posteriores en el mismo sitio reforzaron la idea de un uso deliberado de plantas en rituales funerarios.
Sea cual sea la interpretación final, la asociación entre flores y momentos significativos es antiquísima.
El siglo XIX inglés llevó el asunto a un extremo fascinante. En una sociedad donde expresar emociones directamente era impropio, las flores se convirtieron en un sistema de comunicación codificado.
Se publicaron decenas de diccionarios florales. Cada flor, cada color y hasta cada detalle tenía significado:
Un ramo victoriano podía ser una carta de amor completa, una acusación de infidelidad o una ruptura, dependiendo de la combinación exacta de flores. Y todo eso pasaba en un salón lleno de gente que no entendía nada.
Hay una hipótesis evolutiva interesante. La bióloga Jeannette Haviland-Jones investigó la reacción emocional de las personas ante distintos regalos y encontró que las flores producían una respuesta de sonrisa genuina prácticamente universal, mucho más consistente que otros obsequios de valor similar.
Una explicación posible: durante la mayor parte de la historia humana, una planta en flor anunciaba fruto. Reconocer y recordar dónde había flores era una ventaja de supervivencia. Esa asociación entre flor y buena noticia podría estar en la base de por qué nos alegran tanto.
Del sistema victoriano sobreviven un puñado de códigos que casi todo el mundo todavía entiende sin haberlos aprendido:
Es una conducta antiquísima. El indicio más antiguo y discutido es el enterramiento neandertal de la cueva de Shanidar (Irak), de hace unos 60.000 años, donde el análisis de polen sugirió un lecho de flores. La asociación entre flores y momentos significativos aparece en prácticamente todas las culturas conocidas.
Literalmente "bajo la rosa". En la Roma antigua se colgaba una rosa del techo en las reuniones confidenciales para indicar que lo dicho allí era secreto. La expresión sobrevive en varios idiomas como sinónimo de confidencialidad.
Hay una hipótesis evolutiva interesante: durante la mayor parte de la historia humana, una planta en flor anunciaba fruto, así que recordar dónde había flores era una ventaja de supervivencia. Estudios de la bióloga Jeannette Haviland-Jones encontraron que las flores producen una respuesta de sonrisa genuina casi universal.
Sumate a una costumbre de 60.000 años. Enviá flores a domicilio en el día.
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